lunes, 10 de agosto de 2015

Tocopilla y la desigualdad regional

Tocopilla debe ser una de las ciudades chilenas más dejadas a su suerte. Puerto salitrero que vivió su auge a fines del siglo XIX, con la crisis del nitrato ha padecido una permanente decadencia económica, la que no ha sido posible de paliar con la actividad pesquera o con la existencia de termoeléctricas que abastecen a Chuquicamata; peor aún, la han dejado con una situación de contaminación ambiental deplorable. Sin mayor actividad que la propia subsistencia, la ciudad del norte ha sido doblemente golpeada por los desastres naturales: con el terremoto de 2007, gran parte de sus construcciones quedó dañada o destruida, existiendo a la fecha hogares y colegios que no han sido reconstruidos; con el temporal del fin de semana, tanto las marejadas como los aluviones han sepultado a la localidad en un lodazal.

Como Tocopilla, existen muchas ciudades que el discurso del desarrollo o de la mal entendida soberanía nacional han dejado de lado y que reflejan la desigualdad regional existente en Chile. Como se trata de un pequeño puerto de aproximadamente 20.000 habitantes, en un sector geopolítico que no reviste mayor importancia, sin actividades relevantes para la economía nacional ni propiedades de gente influyente, lo que le pase a Tocopilla nos da lo mismo -a menos que Alexis Sánchez deje de ir las navidades, cosa que nos puede dar un poquito de pena-. Son el esfuerzo de su gente y su amor por el terruño los que mantienen vivo a un pueblo que, para la esfera pública mayoritaria y las prioridades del Estado, no existe.

Una persona que puede rascarse con sus propias uñas -dicen que Axel Kaiser no se las corta- dirá que exagero, pues, ¿por qué hay que siempre pedirle al Estado? Tocopilla no es una ciudad distinta de otras, su gente es tan capaz como la de cualquier ciudad -incluso sacan buenos futbolistas y al mayor psicomago de la actualidad- y en cada lugar hay recursos naturales y humanos para poder desarrollarse.

En ciudades como Tocopilla -pienso también en otras como Arica, Linares, Lota, casi todo Aysén-, no existe en la actualidad la explotación de recursos naturales o la elaboración de productos que pueda levantar económicamente a una comunidad. Tampoco existen personas dispuestas a invertir en dichas ciudades y arriesgarse por esas cosas que sólo el amor a la tierra explica. Por lo general, estas ciudades no ofrecen oportunidades de educación superior, por lo que muchos jóvenes migran y muy pocos de ellos regresan. Aunque en las regiones extremas existan las asignaciones de zona, éstas cubren el alza del costo de la vida y no constituyen incentivo para que profesionales y trabajadores capacitados se dirijan a trabajar en dichas regiones. En general, se trata de ciudades de servicios que son muy vulnerables a las crisis económicas, donde el desempleo es mayor al promedio nacional y que, de ser azotadas por un desastre natural, requieren de un esfuerzo mayor al que en conjunto pueden hacer sus habitantes para poder reconstruirse.

Aún así, ¿por qué el Estado debe preocuparse por estas ciudades más que de localidades rurales, de zonas aisladas o de comunas con altos índices de pobreza?

No se trata de un tema de mayor o menor preocupación, sino de mejor preocupación. Las localidades rurales, por su naturaleza, reciben las ayudas que generalmente recibe la actividad silvoagropecuaria, estando por lo general su actividad principal protegida. Las zonas aisladas y extremas requieren generalmente de políticas públicas especiales, pero en su caso pueden invocar el discurso de la soberanía nacional que en ocasiones permite que nos acordemos de Arica, Aysén o Magallanes. El énfasis en la pobreza es habitual y parece ser el más justificado a la hora de políticas públicas, pero aunque suene majadero, no es la misma ayuda o no existe el mismo sentido de urgencia entre una persona de Bajos de Mena y otra de Tocopilla, pues les aseguro que en el primer caso nunca habrían permitido que un colegio siguiera sin ser reconstruido en 8 años... y todo porque es pobreza metropolitana.

Es hora que, en lugar de alimentarnos del morbo televisivo en épocas de catástrofe y aliviar la crisis con la ayuda material que nos caracteriza, empecemos a tomar conciencia de lo importante que es el regionalismo para resolver esta desigualdad territorial. Se puede elaborar bastante en esto -y ojalá apuntáramos hacia un Estado regional o un federalismo gradual-, pero pensemos solamente en estas 3 ideas:

a) Que cada región tenga un mayor presupuesto, basado no sólo en criterios de población, sino además en el nivel de desarrollo y en las necesidades de cada una, de modo de generar regiones económicamente autosuficientes. En esto, puede ser interesante el establecimiento de un impuesto regional, deducido de los nacionales.

b) Que cada región tenga capacidad de decidir sobre su propio presupuesto. De este modo, los proyectos se generan en las propias regiones y se implementan conforme a las necesidades y realidades de cada zona, procurando que todo habitante tenga acceso a los programas y beneficios, no sólo los de la capital regional. El Fisco sólo aporta el dinero y los ministerios sectoriales apoyan con especialistas.

c) Que algunas materias sean de exclusiva competencia de las regiones. Acá podemos discutir muchísimo, pero el ejemplo de Tocopilla me hace presente que 2 materias son serias candidatas: prevención de desastres naturales e inversión social. Así, quienes sufren se encuentran más cerca de quienes deciden, existiendo empatía y responsabilidad directa.


Es muy raro lo del regionalismo. Es una causa que todos miramos con simpatía, pero en la cual nunca existen definiciones serias ni esfuerzos reales. Ojalá podamos verlo como un tema de justicia.


Te lo dice,

R,F.S.K.
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